El pasado 2 de junio de 2026, el Congreso de Guatemala aprobó la Ley Integral contra el Lavado de Dinero y el Financiamiento del Terrorismo, modernizando su marco legal en línea con los estándares del GAFI. La norma introduce controles más robustos en debida diligencia de terceros, mayor trazabilidad de la información financiera y un alcance más profundo sobre el sector público para reducir focos de corrupción.
El sector privado la recibió con optimismo, y no es para menos. Dada la posición estratégica de Guatemala como corredor de tránsito entre Sur América y Norteamérica, sus implicaciones van más allá de su frontera. Las empresas con operaciones o contrapartes en la región deberán reforzar sus procesos de conocimiento del cliente, monitoreo de transacciones y gestión de terceros.
Esta aprobación no es un hecho aislado. Latinoamérica está cerrando las brechas normativas que históricamente han aprovechado las estructuras criminales, y cada nueva legislación representa un escalón más en esa arquitectura de control. El mensaje para el sector empresarial es claro. Los estándares suben, y los programas de cumplimiento deben subir con ellos. Conocer al cliente, mapear la cadena de terceros y documentar las transacciones ya no son opcionales, Guatemala lo acaba de confirmar.

